Durante tres años al frente de Leche para el Bienestar en Puebla, Paola Ruiz García ha conocido una realidad que difícilmente puede entenderse desde un escritorio: la de las madres que buscan alimentar mejor a sus hijos, adultos mayores que encuentran un apoyo para su economía, distribuidoras que han convertido una lechería en el sustento de sus familias y jóvenes que, a través de una alimentación adecuada, persiguen sus propios sueños.
Para Ruiz García, esas historias son el verdadero rostro del programa.
“Después de tres años, puedo decir que lo que más me ha marcado no son solamente los números; son las personas. He conocido mujeres que sacan adelante solas a sus familias, adultos mayores que cuidan cada peso y jóvenes que tienen sueños enormes. Saber que este programa puede representar un pequeño alivio para ellos es una de mis mayores satisfacciones”, señala.
En sus recorridos por las lecherías, la funcionaria también ha encontrado historias de distribuidoras que comenzaron atendiendo un punto de venta y terminaron convirtiéndolo en una fuente de ingreso y estabilidad para sus propios hogares. Mujeres que conocen por nombre a sus beneficiarios y que, todos los días, se convierten en el rostro del programa frente a sus comunidades.
También están las familias que han visto crecer a sus hijos mientras el acceso a una leche nutritiva y a bajo costo representa un ahorro que permite cubrir otras necesidades del hogar; adultos mayores para quienes cada apoyo cuenta; y jóvenes y atletas que buscan mantener una alimentación que acompañe sus metas.
“Una lechería no es solamente un lugar donde se entrega leche. Es un punto donde uno escucha, conoce historias, ve necesidades y también ve esperanza. Eso es lo que me ha enseñado este trabajo”, afirma Paola Ruiz.
Como mujer y funcionaria pública, reconoce que el mayor desafío ha sido hacer crecer el programa sin perder el contacto con la gente. Durante su gestión, la red pasó de 410 a más de 500 lecherías y el padrón de beneficiarios superó las 220 mil personas.
Pero cuando se le pregunta cuál considera su mayor logro, no habla primero de cifras.
“Mi mayor satisfacción es mirar a una familia y saber que pudimos ayudar, aunque sea un poco, a que la vida fuera más llevadera. Si una madre puede ahorrar, si un niño puede tener alimento en su mesa o si una persona mayor puede sentirse acompañada por un programa que está pensado para ella, entonces todo el esfuerzo vale la pena”, expresa.
Después de tres años, Paola Ruiz asegura que su mayor aprendizaje ha sido entender que los programas sociales tienen rostro, nombre y apellido.
Y quizá por eso, cada recorrido por Puebla representa para ella algo más que supervisar una lechería: es volver a encontrarse con las historias que le recuerdan por qué decidió servir.




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