Por Mónica I. González Sánchez
Con chistes de Pepito, humor negro y una buena dosis de honestidad, Ari Telch consigue algo mucho más difícil que provocar una carcajada: hablar de salud mental sin solemnidad, pero también sin restarle importancia.
Durante cerca de dos horas, el actor nos lleva por ese amplio —y nada divertido— menú de padecimientos y desequilibrios que cualquiera puede experimentar en algún momento de su vida. Ansiedad, fobias, cambios hormonales, depresión, bipolaridad y otros trastornos aparecen sobre el escenario para recordarnos que la salud mental también es salud y que atenderla debería ser tan normal como acudir al médico cuando nos duele el estómago o cualquier otra parte del cuerpo.
Telch habla además desde su propia experiencia con el trastorno bipolar. Lo cuenta, muchas veces, como si fuera un chiste de Pepito. Nos hace reír, pero detrás de cada carcajada deja una verdad incómoda: no todo se resuelve “echándole ganas” y tomar medicamentos para estar bien no nos hace “dependientes” simplemente es lo que se debe hacer.
Reconocer lo que nos sucede, hablarlo y buscar atención profesional a tiempo puede evitar que una enfermedad avance y tenga consecuencias graves. Porque cuando intentamos llenar aquello que nos falta buscando recompensas en sustancias, conductas o actividades, podemos terminar perdiendo mucho más de lo que imaginamos.
Gracias, Ari Telch, por poner sobre el escenario un tema que todavía carga prejuicios y convertir el humor en una puerta para hablar de aquello que tantas veces preferimos callar.
La obra deja una idea que permanece aun después de que termina la función: las enfermedades mentales siempre nos traen pérdidas; no permitamos que entre ellas terminemos perdiéndonos nosotros mismos.
Hablemos. Reconozcamos. Y, sobre todo, busquemos las puertas correctas para atendernos.





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